CRISIS – La tensión en Sudán alcanzó un nuevo nivel crítico cuando el Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) tomó el control de la ciudad de El Fasher, en Darfur, tras 18 meses de asedio. Esta región ya era epicentro de una grave crisis humanitaria, y con la caída de la ciudad se activaron alertas por masacres, desplazamientos masivos y hambruna.
El secretario general de la Naciones Unidas, António Guterres, afirmó que la guerra “se está espiralizando fuera de control”. Más de 40.000 muertos y 14 millones de desplazados en los últimos dos años fueron la antesala de este punto de quiebre.
El panorama en El Fasher es devastador: testimonios de civiles y análisis por satélite hablan de ejecuciones en masa, violencia sexual y asesinatos étnicos. Las imágenes que llegan muestran hospitales atacados, miles huyendo a pie y campos donde la comida y el agua prácticamente no llegan. Según la clasificación de seguridad alimentaria (IPC), la hambruna ya se extendió a esta zona.
Mientras tanto, los esfuerzos diplomáticos por una tregua se complican: Egipto, Arabia Saudí y EE.UU. propusieron un plan de tres meses de pausa humanitaria seguido de una transición civil, pero la SAF (fuerzas armadas sudanesas) se mantiene firme: primero quiere la retirada de la RSF de las ciudades.
La comunidad internacional enfrenta el dilema de intervenir sin profundizar el conflicto. Armamentos siguen fluyendo hacia la RSF, que según el embajador sudanés en el Reino Unido, debe ser declarada organización terrorista.
Para los millones atrapados en el conflicto, el camino es desolador: sin seguridad, sin comida, sin refugio. El invierno se acerca y las condiciones podrían empeorar drásticamente. El llamado de la ONU es urgente: se requiere un alto al fuego inmediato y acceso humanitario real antes de que la tragedia escale aún más.
La guerra en Sudán se descontrola: la ONU advierte de una catástrofe sin freno
