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lunes, abril 22, 2024

FORTÍN MALVINAS

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Por VGM Enrique Oscar Aguilar

𝐄𝐌𝐁𝐎𝐒𝐂𝐀𝐃𝐀 𝐀 𝐔𝐍 𝐇𝐀𝐑𝐑𝐈𝐄𝐑 – Última Parte

Al llegar a la costa varios oficiales de la Compañía de Comandos —Llanos, Fernández, García Pinasco, Anadón— lo sacaron a la orilla junto con su paracaídas y equipo de supervivencia.

El aviador estaba con la cara lastimada y la clavícula izquierda fracturada, a consecuencia de su violenta eyección con su aparato a plena marcha e inclinado, que lo hizo pegar contra el costado de la cabina al salir; incluso carecía de casco, roto al golpear en ese momento.

Aunque vestía un overol de vuelo que algo lo impermeabilizaba, el piloto estaba casi congelado y le costaba hablar; pero en ningún momento perdió su lucidez, al punto que Sergio Fernández notó que al incorporarse para salir del bote con su mano frotó el trozo trasparente sobre su muslo derecho donde los aviadores hacen sus anotaciones, para borrar el rumbo allí escrito: el oficial argentino alcanzó a memorizar el doble juego de números y letras, y luego los reprodujo para informar a Puerto Argentino.

Llanos, con su perfecto dominio del idioma inglés, se dio a conocer como médico y luego de inquirir por sus heridas, con Fernández procuraron infundir calma al prisionero: —¿Are you okay, are you hurt? Don’t worry, we are friends now; take it easy. (¿Está bien, está lastimado? No se preocupe, somos amigos ahora, tranquilícese).

Aquel, sin hablar, asentía con movimientos de cabeza. Ayudados por el sargento ayudante Poggi lo acomodaron en la moto de Llanos, quien le indicó que se sujetara a él porque lo conduciría hasta un hospital. Con el signo internacional que emplean los aviadores —pulgar alzado— éste mostró conformidad.

El teniente primero Fernández lo abrigó con su chaqueta y partieron. El mayor Castagneto, mientras tanto, se había dirigido rumbo a donde cayera el Harrier, a unos diez kilómetros de Howard.

Marchó paralelo a la bahía que se afinaba, luego cruzó el río —“esas motos hacían cualquier cosa”, me aclaró— y después de un trecho más llegó a la media hora al lugar donde el avión se había estrellado. “El pedazo más grande que encontré fue la rueda”, decía, “incluso llegué a pensar que sería el resto de un avión de otra época” … En la carrera que efectuó el aparato destrozándose contra el suelo había embestido un caballo, seccionándole limpiamente el cuello, de manera que su cabeza estaba a buena distancia del cuerpo.

Castagneto cargó todos los pedazos que pudo y que consideró importantes para un estudio de inteligencia —como los equipos de comunicación—, y emprendió el regreso. Era cerca de mediodía, y la batalla aeronaval en San Carlos había tenido lugar.

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