RECONFIGURACION – La reunión más reciente entre el presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, y el líder chino Xi Jinping, efectuada en Busan (Corea del Sur) y divulgada a comienzos de noviembre de 2025, marca un giro significativo en la relación entre las dos mayores potencias económicas.
Según la Casa Blanca, el acuerdo incluye: la suspensión por un año de ciertas tarifas aumentadas sobre productos chinos, el levantamiento de controles de exportación chinos sobre tierras raras y elementos críticos, y la apertura del mercado agrícola chino para productos estadounidenses como la soja.
Por su parte, China confirmó que suspenderá aranceles adicionales sobre bienes agrícolas estadounidenses a partir del 10 de noviembre de 2025, aunque se mantiene un gravamen base del 13 % sobre soja, lo que atenúa algunas expectativas de retorno inmediato al mercado norteamericano.
Este pacto –catalogado como “histórico” por Washington– llega en un momento en que la tensión comercial y tecnológica entre ambos países amenazaba con un desmembramiento de cadenas globales de suministro y una mayor fragmentación económica.
Más allá de lo económico, el acuerdo tiene implicancias políticas profundas: EE.UU. busca garantizar acceso a minerales estratégicos, limitar la dependencia de China en cadenas críticas, y al mismo tiempo evitar un colapso abierto en sus exportaciones agrícolas. China, por su parte, busca aliviar la presión arancelaria y garantizar acceso a mercados, sin renunciar a su papel en la cadena global de valor ni perder autonomía.
Para América Latina esto también tiene efectos indirectos: la competencia entre EE.UU. y China puede redirigir flujos de inversión, cambiar destinos de exportación de materias primas, y plantear nuevos alineamientos estratégicos para gobiernos de la región.
En resumen, lo que parecía un enfrentamiento comercial inamovible, se metamorfosea en una fase de “gestión de riesgos mutuos y concesiones calculadas”. El reto ahora será que los acuerdos se cumplan, los niveles arancelarios bajen de modo sostenible, y que las implicancias políticas no decanten en nuevos desequilibrios o vulnerabilidades.
Donald J. Trump y Xi Jinping sellan un acuerdo que redefine la relación entre EE.UU. y China
